HABÍA UNA VEZ, HACE MUCHO TIEMPO, DOS HERMANOS tan


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1 1 Los gemelos HABÍA UNA VEZ, HACE MUCHO TIEMPO, DOS HERMANOS tan parecidos entre sí como tú y tu propio reflejo. Tenían los mismos ojos, las mismas manos, la misma voz, la misma curiosidad insaciable. Y aunque en general se decía que uno era un poco más rápido, un poco más listo y un poco más hermoso que el otro, nadie podía distinguirlos. Incluso quienes pensaban que podían hacerlo, normalmente se equivocaban. Cuál es el que tiene una marca en la nariz? preguntaba la gente. Cuál es el que tiene una mirada de pícaro? El más listo es Ned o Tam? Ned decían algunos. Tam respondían otros. No podían decidirse, pero uno era mejor, sin duda. Era lógico. Por Dios Santo, muchachos les decían los vecinos exasperados. Se pueden quedar quietos para que podamos mirarlos bien?

2 Los niños no se quedaban quietos; eran un torbellino de gritos, confabulaciones y muecas malvadas. No podían detenerlos y por eso la cuestión de cuál era el más rápido, el más listo o el más hermoso permanecía sujeta a debate. Un día los chicos decidieron que ya era hora de construir una balsa. La hicieron trabajando en secreto y cuidando cada detalle; utilizaron pedazos de madera, restos de cuerda, palos y piezas abandonadas de muebles desvencijados, y tuvieron gran cuidado de ocultarle a su madre lo que hacían. Cuando les pareció que el navío ya estaba en condiciones de navegar, lo deslizaron por el Río Grande y brincaron a bordo con la esperanza de llegar al océano. Estaban equivocados. La balsa aún no era apta para la navegación y en un instante la rápida corriente la desbarató, los niños cayeron al río y tuvieron que luchar por sus vidas. Su padre, un hombre fuerte y robusto, se arrojó al agua y, aunque apenas podía nadar, logró hacerse camino entre la corriente hacia donde estaban sus hijos. En la orilla se congregó la muchedumbre. Tenían miedo del río; miedo de los espíritus que habitaban en el agua y que podían arrastrar a un hombre si no era lo suficientemente cuidadoso y jalarlo hacia el limo del fondo. No se metieron al río para ayudar al hombre ni a los niños que se estaban ahogando, sólo se limitaron a gritarle sugerencias y comentarios al aterrorizado padre. Asegúrate de que mantengan la cabeza fuera del agua cuando los arrastres de vuelta gritó una mujer. Y si sólo puedes rescatar a uno añadió un hombre, asegúrate de que sea al bueno. 12

3 La corriente separó a los niños, y el padre no pudo salvar a los dos. El hombre maldijo y pataleó, pero cuando alcanzó a uno de ellos el que le quedaba más cerca, el otro ya había sido arrastrado por la corriente y se había perdido de vista. Su cuerpo, hinchado y con un gesto de terror, fue encontrado en la orilla del río esa misma tarde. Un grupo de personas se congregó alrededor del pequeño ya sin vida y negaron con la cabeza. Debimos saber que iba a meter la pata dijeron. Salvó al niño equivocado. Al que no debía salvar es el que está vivo. 13

4 2 Una aguja bien puntiaguda y un poco de hilo EL NIÑO EQUIVOCADO VIVIÓ DE MILAGRO. Había tragado tanta agua lodosa del río que su pequeño estómago se hinchó; sus pulmones se combaron bajo el peso del agua: hacían ruido cuando inhalaba, silbaban al exhalar y apenas podían mantener el aire. Su padre colocó al chico en el piso con cuidado y le empujó la barbilla hacia atrás. Luego puso sus labios sobre los labios del niño y sopló dentro de la boca del pequeño una y otra y otra vez. No tengas miedo le decía el padre asustado. No tengas miedo pero nadie sabía si sus palabras iban dirigidas al niño o a él mismo. El niño no respiraba. Vamos, Neddy dijo el padre. Mi pequeño Neddy. Vamos, hazlo por papá, despierta. Abre los ojos. Pero el niño no abría los ojos. Finalmente, después de varias respiraciones de boca a boca, Ned volvió a respirar. Tosía y tosía

5 mientras el agua del río, como en una cascada, salía a borbotones de su boca. Respiraba, aunque no muy bien. Tenía los labios azules y la piel tan pálida como un hueso. El padre se quitó el abrigo y envolvió a su hijo con él. Ned tosía muy fuerte, su pequeño cuerpo se sacudía de la cabeza a los pies. El mar, Tam suspiraba. E-e-el m-m-mar decía temblando. Los dientes le castañeteaban. Su padre lo tomó en brazos y lo llevó a casa. Cuando llegaron, Ned estaba inconsciente, con fiebre, y su padre no podía despertarlo. Mientras tanto, en el río, un grupo de aldeanos caminaban en silencio a lo largo de la orilla extensa y solitaria para recuperar el cuerpo del gemelo ahogado. La madre del niño esperaba, sentada en una piedra, con la espalda recta, frunciendo con los dedos la tela de su vestido, apretaba la falda hasta cerrar los puños y luego los liberaba abriendo las manos una y otra vez. Tenía la mirada perdida. La mujer tenía nombre, pero nadie lo usaba. Sus hijos la llamaban Madre, su esposo la llamaba Esposa y todos los demás le decían Hermana Bruja. Era una mujer poderosa, amada y odiada por igual y a quien los demás escuchaban: siempre. Toda esa magia murmuraban los aldeanos mientras acunaban al niño en sus brazos y lo llevaban de regreso con su madre y para nada. No puede salvar a sus propios hijos. Qué sentido tiene, entonces? La Hermana Bruja era dueña de una pequeña reserva de magia: una tan antigua y poderosa que todo el mundo sabía que era 15

6 suficiente para matar a un hombre con sólo rozarla; pero a la mujer de nada le había valido. Su magia sólo podía usarse al servicio de otros. (Esto es lo que la gente pensaba y la Hermana Bruja no los contradecía. Sin embargo, estaban equivocados en una palabra: debía. Sólo debía usarse al servicio de otros. Su magia era peligrosa y tenía consecuencias). Estúpida decía la gente. Un desperdicio. Pero algunos, los que recordaban la ayuda que alguna vez habían recibido de aquella trabajadora de la magia alivio de enfermedades, rescate de cosechas, recuperación milagrosa de algún hijo perdido, los que seguían agradecidos, se llevaban las manos a la boca para contener la pena. Pobre de la Hermana Bruja decían. Pobrecita. Y se les rompía el corazón, sólo un poco. La madre de los niños escuchó el murmullo, pero no respondió. La gente podía pensar lo que quisiera, seguramente lo que pensaban era un error. Esto no era nada nuevo. Finalmente, cuando la luz del día comenzaba a aminorar y declinar, el niño muerto fue traído ante su madre, quien cayó de rodillas. Hermana Bruja dijo una anciana que se llamaba Madame Thuane y que era el miembro más joven del Consejo de los Mayores. Aunque por lo general era muy estirada e imperiosa, y ni qué decir lo mucho que desconfiaba de la bruja, la presencia del niño muerto pareció ablandarla. Los ojos se le anegaron y la voz se le quebró : permíteme traerte una manta para envolverlo y ahí lo pondremos con el mayor cuidado posible. 16

7 No, gracias dijo la Hermana Bruja. Nadie podía ayudarla. No en esta ocasión. Ignoró las miradas de sus vecinos en la espalda mientras apoyaba la cabeza del niño contra su hombro, lo envolvía con los brazos y lo llevaba a casa por última vez. La casa estaba triste y en silencio cuando llegó. Su esposo se hallaba tirado en el piso junto a la cama, dormido, exhausto por la pena y las preocupaciones. Ned, el niño que había sobrevivido, luchaba por respirar; sus pulmones estaban fríos y con lodo. El Río Grande hervía dentro de él, a través de la fiebre reclamaba a su víctima, quien debía haberse ahogado. Había pocas probabilidades de que el niño pasara la noche; sobre todo sin ayuda. No, no dijo entre suspiros la Hermana Bruja. Esto no se puede quedar así. Mi pequeño Ned sobrevivirá. Se dirigió hacia donde estaba su canasta de costura y sacó un carrete de hilo negro y resistente. También sacó su aguja más puntiaguda y la afiló sobre el borde de una piedra, una y otra vez, hasta que quedó tan afilada que el simple roce con la punta de un dedo le sacó un poquito de aquella sangre muy roja. Se detuvo un momento, se llevó la punta del dedo a los labios y chupó la sangre que le salió. Entonces cerró los ojos por un momento, como si estuviera pensando en tomar una decisión. No deber no es igual a no poder. Los goznes y las vigas de la casa vibraron y un humo nauseabundo se filtró por la duela del piso. La casa apestaba a magia: a azufre, después a cenizas y luego a un olor dulzón a curaciones. 17

8 Ella sabía que la magia había despertado y ahora escuchaba atenta y con hambre. Quería salir. No te muevas de donde estás le advirtió la Hermana Bruja. No te voy a necesitar añadió. La magia, esa cosa antigua y de un humor espantoso, al principio no dijo nada. Estaba atrapada dentro de su tarro de arcilla y muy bien guardada en el taller de la Hermana Bruja: un cuarto seco y arenoso construido mediante excavaciones debajo de la casa, al que sólo se podía entrar por una puerta secreta escondida debajo del tapete. La magia se movía agitada en su estante, golpeando su tarro contra la pared. No puedes hacerlo sin nosotras. La magia no lo decía en voz alta, pero la Hermana Bruja podía sentirlo de todas maneras. Ándale, no seas mala y mandona. Déjanos salir. Queremos ayudarte. Lo digo en serio exclamó, aunque esta vez su voz sonó con menos convicción que antes. Estaré bien sin ti. Y tú sólo lo echarás todo a perder. La magia dijo entre dientes una palabra muy grosera, pero la Hermana Bruja la ignoró. La magia estaba que sacaba chispas y armó un gran alboroto, sacudió contra la alacena el tarro que la contenía y luego guardó silencio; era un silencio tirante, seco, que se escucha, como si estuviera conteniendo la respiración. Eso es, muy bien portada dijo la Hermana Bruja en voz alta, como si elogiara a una niña pequeña. Y entonces se puso a trabajar. 18

9 Buscó entre los hilos y telas de su baúl, hasta que encontró un pequeño pedazo de tela blanco; no tan limpio como esperaba, pero sí lo suficiente. No es sufi ciente, susurró la magia. No voy a escucharte dijo la Hermana Bruja mientras intentaba quitarle las manchas a la tela con la uña del dedo gordo. Ándale, dijo apremiante la magia. La muerte no es para los poderosos y sin duda tampoco lo es para los listos. No es necesario que muera el niño. Al menos sabes a dónde van los muertos? Nosotras tampoco y no pretendemos saberlo. Déjanos ayudarte. Brujita querida, por favor. No dejaría que le ayudara la magia. Esto es lo que se decía a sí misma mientras removía el tapete de la puerta secreta con el pie. No iba a utilizar la magia para un beneficio personal. Esto es lo que se decía a sí misma mientras bajaba la escalera y miraba el tarro sobre el estante. Esto no es magia se dijo, mientras colocaba la madeja de hilo sobre la tapa del tarro, que al contacto se sacudió y comenzó a arrojar humo. El hilo emitió un resplandor naranja que luego cambió a amarillo, a azul y a blanco; titilaba. Bien!, dijo la magia con un suspiro. Muy bien! Ya lo sabíamos. SILENCIO le ordenó ella y la magia obedeció. Entonces envolvió el hilo con el pedazo de tela blanco y subió las escaleras disparada, como si se estuviera quemando. El hilo pesaba muchísimo. Le dolían las manos de sólo sostenerlo. 19

10 Esto no es magia dijo en voz alta, como si al decirlo se hiciera verdad. Y después de todo, no era magia. Realmente no; el hilo no estaba tocando el poder dentro del tarro de arcilla, sólo estaba cerca de él. Hay una gran diferencia entre casi y realmente; al igual que hay una diferencia entre debía y Se quitó esa idea de la cabeza. El cuerpo de Tam yacía sobre la mesa de la cocina; frío, hinchado y muy quieto. La Hermana Bruja se sentó a su lado, le acarició las mejillas y la frente, y luego esos rizos castaños y húmedos. Y esperó a que se metiera el sol. Cuando alguien muere, el alma se queda atrapada dentro del cuerpo hasta la noche; es entonces cuando emerge y sale hacia otro lado. Nadie sabía a dónde. La Hermana Bruja había visto esto muchas veces, pero nunca había interferido en el proceso. Hasta ahora. El sol se mantuvo en uno de los bordes del cielo, gordo y refulgente como un durazno demasiado maduro, antes de desplomarse hacia la noche. Los colores de la luz estridente brillaban en lo alto; era un cielo que se anunciaba a sí mismo. Ned tosió y suspiró. T-T-Tam dijo en un susurro entre sueños. Pronto le dijo la madre a su hijo vivo, que estaba al otro extremo de la habitación. Se agachó y besó los párpados del gemelo muerto. Muy pronto. El sol se ensanchó, se hizo agua y desapareció bajo el labio de la tierra. El cuerpo de Tam se sacudió un poco y la mujer vio cómo el 20

11 alma del niño se desenrollaba en su boca, tal como ella lo esperaba. Era algo hermoso! El alma brotó lentamente y abrió sus pétalos uno a uno, antes de abrirse como una flor y quedar suspendida frente a la mujer. A la Hermana Bruja se le cortó la respiración. Mi niño!, pensó. Mi pequeño, mi pequeño. Entonces puso la tela blanca encima del alma y la envolvió con ella como si fuera otro niño pequeñito y la apretó contra su pecho, sin dejar de arrullarla. El alma revoloteaba y se contoneaba dentro de su envoltura; se sacudía y agitaba debajo de la tela blanca, desesperada por salir. Ya lo sé le dijo en un susurro al alma. Ya lo sé, hijo querido, mi pequeñito. Lo siento, pero no puedo perderlos a los dos y menos al mismo tiempo. La verdad es que no podría soportarlo. Mantenía la voz firme y ligera, pero el corazón se le estaba rompiendo en mil pedazos y nunca sanaría; se llevó el alma a los labios y la besó con ternura. Quédate con tu hermano dijo mientras empujaba el alma hacia el pecho del niño moribundo. Mantenlo con vida añadió mientras preparaba la aguja. Mantenlo a salvo dijo mientras desenredaba el hilo y cortaba un pedazo con los dientes. Y así, mientras perforaba al niño y al alma con la aguja, mientras los cosía, dijo estas palabras: Tu madre te ama; no lo olvides. Y en plena oscuridad, en esa casa de pesares, el alma abrió la garganta y gritó. Y el grito se convirtió en un suspiro. Y el suspiro se convirtió en una tos. Y Ned comenzó a sanar. Y vivió. 21

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